Canto del Macho Anciano- “ACERO DE INVIERNO” (1961)( fragmento 2)

Sentado a la sombra inmortal de un sepulcro,

o enarbolando el gran anillo matrimonial herido

a la manera de palomas que se deshojan

como congojas,

escarbo los últimos atardeceres.

Como quien arroja un libro de botellas tristes

a la Mar-Oceáno

o una enorme piedra de humo echando sin embargo

espanto a los acantilados de la historia

o acaso un pájaro muerto que gotea llanto,

voy lanzando los peñascos inexorables del pretérito

contra la muralla negra.

 

Y como ya todo es inútil,

como los candados del infinito crujen en goznes

mohosos,

su actitud llena la tierra de lamentos.

 

Escucho el regimiento de esqueletos del gran

crepúsculo,

del gran crepúsculo cardíaco o demoníaco, maníaco

de los enfurecidos ancianos,

la trompeta acusatoria de la desgracia acumulada,

el arriarse descomunal de todas las banderas,

el ámbito terriblemente pálido

de los fusilamientos, la angustia

del soldado que agoniza entre tizanas y frazadas,

a quinientas leguas abiertas

del campo de batalla, y sollozo como un pabellón

antiguo.

 

Hay lagrimas de hierro amontonadas, pero

por dentro del invierno se levanta el hongo infernal

del cataclismo personal, y catástrofes

de ciudades

que murieron y son polvo remoto, aúllan.

 

Ha llegado la hora vestida de pánico

en la cual todas las vidas carecen de sentido,

carecen de destino, carecen de estilo y de

espada,

carecen de dirección, de voz, carecen

de todo lo rojo y terrible de las empresas

o las epopeyas o las viviendas ecuménicas,

que justificarán la existencia como peligro y como

suicidio; un mito enorme,

equivocado, rupestre, de rumiante

fue el existir; y restan las chaquetas solas del

ágape inexorable, las risas caídas

y el arrepentimiento invernal de los excesos,

en aquel entonces antiquísimo con rasgos de santo

y de demonio,

cuando yo era hermoso como un toro negro y tenía

las mujeres que quería

y un revólver de hombre a la cintura.

 

Faltan las glándulas

y el varón genital intimidado por el yo rabioso,

se recoge a la medida del abatimiento

o atardeciendo

araña la perdida felicidad en los escombros;

el amor nos agarró y nos estrujó como a limones

desesperados,

yo ando lamiendo su ternura,

pero ella se diluye en la eternidad, se confunde

en la eternidad, se destruye en la eternidad

y aunque existo porque batallo y "mi poesía

es mi militancia",

todo lo eterno me rodea amenazándome y gritando

desde la otra orilla.

 

Busco los musgos, las cosas usadas y

estupefactas,

lo postpretérito y difícil, arado de pasado

e infinitamente de olvido, polvoso y mohoso

como las panoplias de antaño, como

las familias de antaño, como las monedas

de antaño,

con el resplandor de los ataúdes enfurecidos,

el gigante relincho de los sombreros muertos,

o aquello únicamente aquello

que se está cayendo en las formas

el yo público, la figura atronadora del ser

que se ahoga contradiciéndose.

 

 

Ahora la hembra domina, envenenada,

y el vino se burla de nosotros como un cómplice

de nosotros, emborrachándonos, cuando nos

llevamos la copa a la boca dolorosa,

acorralándonos y aculatándonos contra nosotros

mismos como mitos.

 

Estamos muy cansados de escribir universos

sobre universos

y la inmortalidad que otrora tanto amaba el corazón

adolescente, se arrastra

como una pobre puta envejeciendo;

sabemos que podemos escalar todas las montañas

de la literatura como en la juventud heroica,

que nos aguanta el ánimo

el coraje suicida de los temerarios, y sin embargo

yo,

definitivamente viudo, definitivamente solo,

defnitivamente viejo, y apuñalado de

padecimientos,

ejecutando la hazaña desesperada de sobrepujarme,

el autorretrato de todo lo heroico de la sociedad

y la naturaleza me abruma;

¿qué les sucede a los ancianos con su propia

ex combatiente sombra?

se confunden con ella ardiendo y son fuego

rugiendo sueño de sombra hecho de sombra,

lo sombrío definitivo y un ataúd que anda llorando

sombra sobre sombra.

 

Viviendo del recuerdo, amamantándome

del recuerdo, el recuerdo me envuelve y al retornar

a la gran soledad de la adolescencia,

padre y abuelo, padre de innumerables familias,

raguño los rescoldos, y la ceniza helada agranda

la desesperación

en la que todos están muertos entre muertos,

y la más amada de las mujeres, retumba en

la tumba de truenos y héroes

labrada con palancas universales o como bramando.

 

¿En qué bosques de fusiles nos esconderemos

de aquestos pellejos ardiendo?

porque es terrible el seguirse a sí mismo cuando

lo hicimos todo, lo quisimos todo,

lo pudimos todo y se nos quebraron

las manos,

las manos y los dientes mordiendo hierro con

fuego;

y ahora como se desciende terriblemente de

lo cuotidiano a lo infinito, ataúd por ataúd,

desbarrancándonos como peñascos o como caballos

mundo abajo,

vamos con extraños, paso a paso y tranco a tranco

midiendo el derrumbamiento general,

calculándolo, a la sordina,

y de ahí entonces la prudencia que es la derrota

de la ancianidad;

vacías restan las botellas,

gastados los zapatos y desaparecidos los amigos

más queridos, nuestro viejo tiempo, la época

y tú, Winétt, colosal e inexorable.

 

Todas las cosas van siguiendo mis pisadas

ladrando desesperadamente,

como un acompañamiento fúnebre, mordiendo

el siniestro funeral del mundo, como

el entierro nacional

de las edades, y yo voy muerto andando.

Infinitamente cansado, desengañado, errado,

con la sensación categórica de haberme equivocado

en lo ejecutado o desperdiciado

o abandonado o atropellado al avatar del

destino

en la inutilidad de existir y su gran carrera

despedazada;

comprendo y admiro a los líderes,

pero soy el coordinador de la angustia del universo,

el suicida que apostó su destino a la baraja

de la expresionalidad y lo ganó perdiendo

el derecho a perderlo,

el hombre que rompe su época y arrasándola, le da

categoría y régimen,

pero queda hecho pedazos y a la expectativa;

rompiente de jubilaciones, ariete y símbolo

de piedra,

anhelo ya la antigua plaza de provincia

y la discusión con los pájaros, el vagabundaje y

la retreta apolillada en los extramuros.

 

Está lloviendo, está lloviendo, está lloviendo,

¡ojalá siempre esté lloviendo, esté lloviendo

siempre y el vendaval desenfrenado que

yo soy íntegro, se asocie

a la personalidad popular del huracán!

 

A la manera de la estación de ferrocarriles,

mi situación está poblada de adioses y de ausencia,

una gran lágrima enfurecida

derrama tiempo con sueño y águilas tristes;

cae la tarde en la literatura y no hicimos lo que

pudimos,

cuando hicimos lo que quisimos con nuestro pellejo.

 

El aventurero de los oceános deshabitados,

el descubridor, el conquistador, el gobernador

 de naciones y el fundador de ciudades

tentaculares,

como un gran capitán frustrado,

rememorando lo soñado como errado y vil

o trocando en el escarnio celestial del

vocabulario

espadas por poemas, entregó la cuchilla rota del

canto

al soñador que arrastraría adentro del pecho

universal muerto, el cadáver de un conductor

de pueblos,

con un bastón de mariscal tronchado y echando

llamas.

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